lunes, 28 de febrero de 2011

Neurofisiologia del Amor

as personas trabajan por amor, cantan por amor, 
viven por amor, mueren por amor. ¿Qué es lo 
que provoca este ferviente sentimiento, este éxtasis 
tan característico de los amantes? 

Este poderoso sentimiento humano universal está asociado a distintas estructuras del Sistema Nervioso Central pero principalmente a diversos neurotransmisores y a centros de integración de estímulos naturales que permiten al individuo desarrollar conductas que respondan a hechos placenteros. 


Son muchas las partes del cerebro que se activan cuando una persona se encuentra enamorada, sin embargo existen regiones que tienen una importancia especial. Cuando una persona se enamora y es correspondido se activa la sintesis de dopamina se lleva acabo en el núcleo accumbens y también puede ser modulado por áreas corticales como la region anterior del cingulo; esto puede ocurrir a través de las conexiones directas entre el cíngulo y el núcleo accumbens. 


El sistema límbico es un conjunto de estructuras cerebrales, involucradas en respuestas emocionales que se hacen conscientes; Entre estas estructuras podemos destacar la circunvolucion del cíngulo y del hipocampo, la superficie orbitaria del lóbulo frontal y la corteza insular. Esta última está dividida en una región anterior (agranular) y una posterior (granular); la región posterior recibe aferencias viscerales generales, por lo que en esta región se hacen consientes aquellas sensaciones como la actividad del estómago, intestinos 
y otras vísceras, por lo que es la parte del cerebro con la que sentimos las «MARIPOSAS» en el estómago. 


Por lo general, se comienza un enamoramiento con la etapa de deseo. 
La etapa del deseo está mediada por concentraciones de andrógenos y estrógenos. Los hombres con altos niveles de testosterona en circulación tienden a desarrollar una mayor actividad sexual, por lo que la libido masculina tiene su punto más alto entre los veinte años y las mujeres sienten mayor deseo sexual en torno a los días 
de ovulación cuando los niveles de testosterona aumentan. 

Los hombres que producen más testosterona son menos propensos a casarse y tienen mayor posibilidad de divorciarse una vez casados, ya que es más probable que abandonen su hogar debido a problemas de las relaciones maritales. 

La etapa de amor romántico está mediada por la concentración elevada de DOPAMINA, la cual produce euforia, aumento de energía, una gran concentración, así como una motivación inquebrantable y una conducta orientada hacia un objetivo de 
respuestas emocionales típicas de la etapa de amor romántico. 

La actividad de la NOREPINEFRINA está relacionada con una gran hiperactividad, insomnio, pérdida de apetito, temblor, taquicardia, ansiedad y miedo, las cuales son respuestas físicas típicas de esta etapa. 

La SEROTONINA es otra sustancia involucrada en el amor romántico. Ya que el pensamiento obsesivo hacia la persona amada depende a que existe una disminución del trasportador de serotonina en las plaquetas de los sujetos enamorados ocacionando niveles bajos de este neurotransmisor en sangre, por lo cual no es raro que los amantes pasen gran cantidad de tiempo pensando en la persona de quien están enamorados. 


Durante el orgasmo, los niveles de VASOPRESINA aumentan de forma espectacular en los hombres y los de la OXITOCINA se elevan en las mujeres; estas sustancias químicas contribuyen a la sensación de fusión y cercanía, de apego, que se siente posterior a una relación sexual satisfactoria. 



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BIBLIOGRAFIA:

http://www.medigraphic.com/pdfs/residente/rr-2010/rr101b.pdf

martes, 16 de noviembre de 2010

Imagina que vas caminando por el bosque, en apenas unas décimas de segundo escuchas un ruido y distingues una sombra detrás de unas ramas. Antes siquiera de comprender que se trata de un oso, tu cerebro ya ha desatado una respuesta masiva por su cuenta. Un pequeño órgano con forma de almendra, conocido como amígdala, centraliza todo el proceso que ahora empiezan a desentrañar los científicos.

Por lo que sabemos hasta ahora, la amígdala es una especie de botón de emergencia de nuestro cerebro. Si nos acecha un peligro inminente, esta glándula activa una señal que reenvía inmediatamente al resto del cuerpo. En ocasiones, como nos cuenta el catedrático de Psicobiología de la UAM Luis Carretié, el sistema es capaz incluso de activar la respuesta antes de que seamos conscientes del peligro. “En algunos experimentos”, explica, “se presentan estímulos subliminales y la amígdala dispara respuestas fisiológicas como la sudoración en las manos, sin que el sujeto sea consciente de lo que le está asustando”.

Pero, ¿cómo funciona este órgano capaz de disparar nuestros sentidos y hacer saltar el pánico? Dos estudios publicados la semana pasada en la revista Nature acaban de descifrar el funcionamiento de lo que los científicos han llamado “el circuito del miedo”. El equipo del neurobiólogo David J. Anderson, del Instituto Tecnológico de California (CalTech), y el del profesor Andreas Lüthi, del Friedrich Miescher Institute (FMI), han comprobado la existencia de dos tipos de células neuronales en la amígdala que se turnan para abrir y cerrar las “puertas” del miedo y controlan este proceso de “ida y vuelta”.

“La amígdala analiza el ambiente de forma continua en busca de estímulos que predigan el peligro”, nos explica Wulf Haubensak, coautor del estudio realizado en CalTech, a lainformacion.com. “Lo que hemos podido demostrar es que el miedo está controlado por un microcircuito de dos poblaciones antagonistas de neuronas en la amígdala, que actúan como una especie de columpio”. “Estas dos poblaciones de neuronas”, prosigue, “se inhiben entre ellas. Es decir, sólo una de las dos poblaciones puede estar activa a un tiempo, como si estuvieran en uno de los dos extremos de un balancín, alternando entre dos estados”.

Aunque aún es demasiado pronto, el conocimiento de cómo funciona el mecanismo interno de la amígdala puede ayudar a desarrollar tratamientos para controlar las fobias y la ansiedad.

Un órgano antiguo y vital

La existencia de esta pequeña almendra en el cerebro se remonta al pasado más remoto de los mamíferos y ha tenido un papel vital en la evolución. “El miedo es el estado más intenso en el que pueden entrar tu mente y tu cuerpo”, afirma Haubensak, “y sólo tiene una meta: tu supervivencia”. La amígdala, nos confirma Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología de la UAB, empieza a estar desarrollada en los mamíferos hace unos 220 millones de años. “Es la estructura más crítica de las implicadas en las emociones”, afirma Morgado, y, entre ellas, “activa los miedos más primitivos, pero siempre de forma muy interactiva con el resto del cerebro”.

Los experimentos con ratones en el laboratorio demuestran el papel esencial de la amígdala en las emociones primarias. Un estímulo en la zona puede desatar el pánico y la ansiedad, y se trabaja con sustancias que bloqueen estas señales y eliminen el pánico.

“Para todos los mamíferos”, asegura Haubensak, “la amígdala todavía coordina de forma principal las respuestas primarias y básicas al miedo ante un peligro”. Pero en el caso humano el miedo creció dentro de un panorama de emociones más sofisticadas y del desarrollo de una corteza cerebral cada vez más compleja, con lo que terminó regulando e interactuando con otros impulsos y emociones.

“La amígdala siempre actúa de forma muy interactiva con el resto del cerebro”, matiza el profesor Morgado, porque el miedo no se localiza en un lugar físico sino que procede de una reacción de nuestro sistema neuronal “en conjunto”. De hecho, en los casos de lesiones de la amígdala en humanos las reacciones son complejas e interesantes. Algunos pacientes se sienten más desinhibidos ante los riesgos, como a la hora de hacer apuestas y en otros la desinhibición afecta a la manera en que nos relacionamos con los demás, como la distancia a la que estamos dispuestos a tolerar que alguien se acerque. Un estudio publicado en Nature el año pasado indicaba que los sujetos con lesiones en la amígdala no protegen su espacio personal ni reaccionan ante un acercamiento que, aunque sea en un ascensor o en una aglomeración, cualquiera de nosotros consideraría amenazante.

La importancia de la corteza prefrontal

El profesor Carretié coincide en que hablar únicamente del papel de la amígdala en el circuito del miedo en el caso de los humanos sería un error. “Hay que tener en cuenta el papel de la corteza prefrontal ventral”, nos recuerda. Esta zona, situada justo encima de los ojos, reúne algunas de las características más complejas de nuestra mente y tiene un papel clave también en el miedo, además del hipocampo y otros componentes del que se ha dado en llamar “sistema límbico”.

“Su papel es incluso más importante que el de la amígdala”, asegura el catedrático. “En humanos y primates se ha demostrado que, aunque se extirpe la amígdala o se lesione, sigue habiendo respuesta de miedo que se activa en la corteza prefrontal”.

Carretié considera que estudios como el realizado por Haubensak en Caltech, realizados con ratas, deben leerse con cautela a la hora de aplicarlos a los humanos. En nuestro caso, además de las neuronas inhibidoras, sería crucial el papel de la corteza prefrontal, que pone la situación en contexto y produce una respuesta menos “automática” y más elaborada al estímulo, por decirlo de alguna manera.

Baste un ejemplo para entenderlo. Imaginemos que en un entorno laboral el jefe nos llama a nuestro despacho y nos insulta gravemente. La respuesta de la amígdala ante ese estímulo quizá fuera levantarse de la silla y arrancarle los ojos, pero nuestra corteza prefrontal coloca la situación en términos de contexto y consecuencias, y la sangre no llega al río.

¿Miedos innatos y aprendidos?





Carretié define el miedo como “una reacción rápida del organismo ante un estímulo amenazante con dos componentes: uno psicológico y otro fisiológico que es la respuesta motora del cuerpo”. En la parte psicológica se incluye la memoria de las malas experiencias: nuestro sistema reacciona ante situaciones que en el pasado han provocado problemas. Pero ¿hay miedos innatos? ¿Por qué es tan común que demos un salto ante la presencia de un animal venenoso?

Esta misma semana Dean Mobbs y sus colegas del Medical Research Council de Cambridge publicaban los resultados de un experimento que trataba de monitorizar la reacción de la amígdala en presencia de una amenaza tan primaria como una tarántula. Para ello, reunieron a veinte voluntarios, los introdujeron en un escáner y comprobaron sus reacciones cuando simulaban acercarles una tarántula a los pies.

Entre las conclusiones destaca un hecho curioso: la amígdala no se activa en función de la distancia a la que se encuentre el peligro sino en función de si se aleja o se dirige hacia nosotros. Es decir, la señal se activaba con más intensidad cuando la araña se acercaba a los sujetos, con independencia de la distancia a la que se encontrara. Pero la alerta saltaba sistemáticamente, incluso en aquellos que no creen tener miedo a las arañas.

Aparte del funcionamiento de la amígdala, la cuestión sobre los miedos instintivos es un viejo debate en neurociencia, explica Carretié, pero básicamente puede decirse que “lo innato es la facilidad para asociar ciertos estímulos a un peligro”, como la presencia de colores llamativos o la forma en que se mueven las patas de la araña.

“De entrada”, asegura el catedrático, “un recién nacido no tendría miedo, pero sí tendría facilidad para asociar ciertos esquemas de color o formas con una amenaza”.

Lo que le dará miedo después, a lo largo de su vida, quedará definido por la experiencia.

domingo, 24 de mayo de 2009

Porno, empatía y neuronas espejo

A principios de los años 90, mientras realizaban diferentes experimentos con macacos, el doctor Giacomo Rizzolatti y su equipo descubrieron un comportamiento inesperado en su sistema neurológico. Los monos estaban conectados a una serie de electrodos, de manera que los científicos podían comprobar qué región del cerebro se activaba cada vez que realizaban alguna acción. Así, si el macaco cogía un objeto o se movía, los sensores registraban un aumento de actividad en las regiones implicadas en dicho movimiento.
La sorpresa vino cuando Rizzolatti, casi por casualidad, descubrió que el cerebro de uno de los monos se activaba cuando veía a un humano realizar la acción. En concreto, al ver al cuidador coger un plátano, en el cerebro del macaco se activaban las mismas regiones que se habrían encendido de haberlo cogido por sus propios medios.
Durante los siguientes años, y gracias a aquel hallazgo fortuito, el equipo siguió realizando experimentos hasta descubrir la existencia de una serie de neuronas, denominadas neuronas espejo, que se activan al observar el comportamiento ajeno y que tal vez puedan explicar algunos procesos cerebrales como el aprendizaje por imitación e incluso el lenguaje.
El funcionamiento de las neuronas espejo, según esta hipótesis, es una herramienta muy útil para aprender y fácilmente observable durante los primeros días de vida de un bebé, cuando reaccionan instintivamente copiando los gestos de su interlocutor. Cuando se realizó el experimento con crías de macaco, se comprobó que también imitaban los gestos como sacar la lengua o abrir la boca:

Aunque el estudio de las neuronas espejo en humanos resulta dificultoso, y a pesar de que la teoría cuenta con algunos detractores, reputados científicos como Vilayanur Ramachandran han llegado a decir que este descubrimiento “hará tanto por la psicología como el ADN ha hecho por la biología”.
La existencia de este tipo de neuronas en la zona del cerebro conocida como área de Brocca, lleva a algunos psicólogos a pensar que pueden haber sido la clave para el desarrollo del lenguaje. Otras investigaciones las sitúan como la llave de la empatía y nuestra manera de comprender, y hasta prever, cómo se comportan los demás. Los experimentos de Christian Keysers, por ejemplo, han determinado que cuando contemplamos expresiones ajenas de disgusto o alegría, se activan unas regiones muy determinadas de nuestro cerebro, aunque la presencia de neuronas espejo individuales es difícil de probar.
El doctor Harold Mouras, de la Universidad Picardie Jules Verne, fue un poco más allá y se interesó por la manera en que nuestro cerebro reacciona ante los estímulos sexuales y la pornografía. Durante el experimento, realizado en 2008, el doctor Mouras eligió a varios voluntarios y les puso a visionar diferentes vídeos mientras les realizaba una resonancia magnética y monitorizaba su excitación.
Las pruebas demostraron que la excitación vino casi siempre acompañada de una intensa actividad en el Pars opercularis, una región conocida por la abundante presencia de neuronas espejo, la misma que se activó durante otro estudio realizado por científicos alemanes en 2006. Tras aquel experimento se llegó a conclusiones muy parecidas sobre la manera en que nuestro cerebro percibe la pornografía: la visión activa las neuronas espejo y éstas nos inducen a interpretar que estamos protagonizando nosotros el acto sexual, y no simplemente viéndolo al otro lado de una pantalla.
Dado el papel de las neuronas espejo, el resultado de los experimentos podría llevarnos a una divertida y provocadora conclusión: la de que la pornografía resulta ser una manifestación suprema de la empatía humana. Y, si nos ponemos cáusticos, la única forma realmente extendida de comprender al otro y ponerse en su lugar.